El pasado 20 de agosto realicé la ascensión a la Pica d’Estats, la cima más alta de Catalunya (3.143,5 m),  desde el parquing de La Molinassa, pasando por la cresta del Verdaguer.

En este vídeo os relato la noche previa a la ascensión, la llegada a la cima y el día después en los Pirineos:

Ascensión a la Pica d'EstatsLa ascensión a la Pica d’Estats

Hacía muchos años que quería subir hasta la cima más alta de Cataluña, la Pica d’Estats (3.143m), uno de los picos que forman parte del reto ‘100 cims’ de la Feec (Federació d’Entitats Excursionistes de Catalunya), y la montaña más emblemática en tierras catalanas. Lo cierto es que siempre, por una cosa u otra, no había sido posible. Pero el pasado año, durante un viaje que realicé y en el que tuve mucho tiempo de pensar, me marqué ese objetivo para este 2015.

La aventura hacia la Pica d’Estats comenzó el pasado 19 de agosto, un día después de que mi amiga llegase de vacaciones. Tras varias semanas sin vernos, fuimos a cenar, tomamos unas cervecitas y acabamos a las tantas de la mañana en un estado, un pelín, llamémosle, alegre 😛

La noche anterior dudé si me iría o no, pero al despertarme decidí preparar las cosas -llevaba unos días en la city y la verdad que empezaba a contagiarme del gris-. Tenía que subir montañas, hacer senderismo; en resumen: ¡necesitaba ver verde! Así que pasé a ver a mi madre, que me preparó una tortilla de patatas (nada más sabroso que las tortillas de la mama en mitad de una excursión), me subí a la furgo y me puse en marcha.

Había salido un poco más tarde de lo que había calculado y aunque era agosto y los días son muy largos, tenía claro que llegaría a oscuras al parking donde pasaría la noche.

Había hablado con un amigo alpinista  que se pasa la vida en el Pirineo. Necesitaba que me diera información de la zona para dormir, de la ascensión, etc. La previsión del tiempo era buena, así que lo tenía todo controlado 😉 Me dijo que tendría que recorrer 21 km de pista una vez que llegase al pueblo de Àreu, así que en cuanto me adentré, puse el cuentakilómetros a cero y seguí adelante. Nada más entrar al parque, me encontré con una indicación de “Camino apto solo para todoterrenos y bajo su responsabilidad”. Acostumbrada a ir por pistas forestales a sectores de escalada, no me lo pensé y tiré adelante; eso sí, con la mosca detrás de la oreja.  No llevaba ni 2 kilómetros y ya había maldecido a mi amigo Luis en un millón de ocasiones: estaba oscuro como la boca del lobo, tenía resaca, había dormido poco más de 4 horas y aquella pista era terrorífica: primera, segunda, primera, ¡qué horror! Y según el marcador aún quedaban 19 km! En cuanto llegué al primer parking decidí parar -creo que el marcador me decía que había recorrido unos 8km (no lo recuerdo con exactitud)- la cual cosa me desmotivó porque la pista era un camino de obstáculos: agujero, piedra, gira, ‘piedrolo’, atraviesa un riachuelo; una auténtica gincana al volante en medio de la oscuridad y en solitario.

Cené en ese primer parking -cuando el hambre me aprieta dejo de pensar con claridad y como dicen en Senegal, “Barriga llena, negro contento“-. Y así fue. Monté la cama con la intención de dormir allí mismo y por la mañana, con la luz del día, ya seguiría adelante. De pronto vi como alguien seguía la pista adelante así que me envalentoné, me monte en la fregoneta y ‘pa’ arriba… Pensé en parar en muchas ocasiones más y, aunque finalmente resulto que no eran 21 km de pista, (la cual cosa descubrí a la mañana siguiente) sino 11, se me hizo interminable. Aparqué en el parking sobre la una de la madrugada ya que unos chicos me aseguraron que era imposible subir más arriba. La noche era espectacular y mientras cientos de estrellas me daban las buenas noches, me metí en el saco y caí rendida.

A la mañana siguiente, y sin tener claro la distancia a la que estaba del refugio de Vallferrera, decidí coger material y víveres para hacer noche: saco, comida, agua, frontal, ropa de abrigo, etc. y empecé a caminar. Resultó que en 20 minutos había llegado al refugio, la cual cosa me puso muy contenta pues finalmente el parking en el que había dormido era el correcto. Entré al refu y allí conocí a Laura, una chica encantadora que me dijo que por la hora que era (9:00 a.m) y teniendo en cuenta que al día siguiente a mediodía la meteo era inestable, tenía tiempo de sobras de hacer cima y bajar. Así que le dejé el saco, la esterilla y alguna cosa más, y seguí mi marcha.

repte-100-cims-feec-pica-destats-1024x768El camino hacia la Pica d’Estats está muy bien marcado y es prácticamente imposible perderse. Disfruté de cada minuto de la subida, del entorno, de los animales y de los riachuelos de agua por todas partes. ¡Qué feliz me hace estar rodeada de naturaleza! Tuve la suerte de coincidir con dos chicos, Pep y Sergi, quienes me explicaron que posiblemente subirían por la cresta que lleva hasta el Verdaguer. Yo, sedienta de aventura, les dije que si estaban en la cima de la tartera cuando yo llegase (mi ritmo caminando es lento) la haría con ellos. La tartera fue la parte más dura pero poco a poco conseguí llegar al Port de Sotllo, donde ellos, simpáticos y encantadores, me estaban esperando para crestear.

La cresta, aunque de fácil recorrido, fue muy bonita y emocionante, además iba muy bien acompañada, lo que hace que una se sienta más segura y reconfortada. Pasito a pasito y entre foto y foto, llegamos a la cima del Verdaguer para posteriormente coronar la cima de la Pica d’Estats.

Me embargó la felicidad de haber llegado al puntoascension-pica-destats-e1443532156196-1024x768 más alto de mi maravilloso país. El día era claro, el sol brillaba, se veían los valles, los picos cercanos y lejanos, lagos y los neveros. Tocar la cruz fue como recitar un mantra del objetivo conseguido, de los retos personales, de una manera de vivir que me hace sumamente feliz. Nos hicimos muchas fotos y allí, en lo más alto, comiéndome la tortilla que mi madre me hizo con tanto cariño, ¡fui feliz!

El descenso fue largo pero estaba tan contenta que disfruté cada segundo, mientras pensaba en que tenía que llevar a mi hermano y a mi hamshira para compartir aquello con ellos.

Llegué al parking de la Molinassa poco antes de las 6 p.m. Me dejé llevar por la ilusión de quien consigue un objetivo: por pequeño o grande que sea, da igual. Para mi era un reto conseguido, una vivencia que jamás olvidaría, así que no pude hacer otra cosa que SONREÍR.