Quiero compartir el vídeo de la brutal experiencia que viví en mi viaje a Nepal en el año 2012. Te cuento: me enteré que cerca de Katmandú se encuentra el puenting más alto de Asia… Una, que es adicta a vivir y a la adrenalina, no podía dejar pasar la oportunidad que se me brindaba (quien sabe, quizás no iba a volver a Nepal nunca más 😉 ).

En la ciudad de Katmandú se encuentran las oficinas de Last Resort, quienes tienen la concesión de los saltos en el puente. Te dejo el enlace pues seguro que después de ver el vídeo te vas a morir de ganas de volar a Nepal y vivir esta aventura: http://www.thelastresort.com.np/ Como buenos profesionales, cumplieron los horarios a la perfección y también me facilitaron el transporte por un módico precio.

Ubicado entre el Parque Nacional de Langtang y el Parque Nacional de Sagarmatha, y a poco más de 2 horas de la ciudad de Katmandú -a unos 12 kilometros de la frontera con Tibet-, se encuentra el increíble puente de la amistad (precioso nombre para un lugar, verdad?): un puente en suspensión con una altura de 160 metros y 166 metros de ancho. Es el puente colgante más largo de Nepal y une las dos caras de un gran valle. Según he leído, hasta su construcción los locales tardaban unas cinco horas en cruzar el desfiladero del río. Durante mi experiencia, conseguimos llegar por la carretera entre innumerables paradas policiales, lo cual hizo que el trayecto fuese más largo de lo que esperábamos -verificaban constantemente que no hubiese alguien con intención de cruzar la frontera a Tibet-.

El puente se encuentra en la garganta de un espeluznante cañón sobre el rio Bhote Kosi, al que muchos aventureros se adentran para practicar rafting y kayak. Puedo asegurarte que estar esperando en el puente colgante (¡¡que se mueve bastante!!) durante más de una hora se hace interminable. En mi cabeza solo repetía: “¡Quiero saltar ya, quiero saltar ya”. Digamos que la paciencia no se encuentra entre mis virtudes 😛

Y así, tras más de una hora interminable y sintiendo el tic-tac de cada minuto, llegó mi momento y entonces, como siempre que estoy en un momento álgido de tensión o felicidad, me entró la risilla nerviosa. Verifiqué visualmente cada uno de los movimientos que el monitor hacía con el material de seguridad (todo correcto), y de pronto empecé a sentir cómo la goma elástica me arrastraba por su peso hacia la pasarela por la que tenía que saltar. ¡¡Dios!! El corazón me latía tan fuerte que creo se podía escuchar desde todos los rincones del valle. Me vino a la cabeza mi hermano y lo mucho que estaría flipando si estuviese en mi piel en ese momento. Hacía pocos meses que habíamos saltado juntos desde un puente cerca de Barcelona que tenía 30 metros y alucinamos. Ahora, aquí, pensaba: “Bro, esto son ¡160 metros!” Todo esto paso por mi cabeza en décimas de segundo mientras el chico aguantaba mi arnés para que no saliese disparada.

Bungee Jumping en Nepal

Y, de pronto, supe que tenía que saltar. Y así lo hice, sin dudar, sin vacilar un momento. Hacia horas que había salido de Katmandú para esto. ¡Goooo! Se me escapó un grito agudo que retumbó milésimas de segundo por todo el cañón pero la impresión fue tan grande que el grito cesó y sentí como caía a toda velocidad, con esa sensación en la barriga que producen las atracciones más bestias de los parques temáticos.

Y caí: viví intensamente cada uno de esos segundos de la caída libre -me pregunto qué tiene esa sensación que me hace sentir tan viva-. Lo gracioso es que la goma estaba unos cuantos metros más adelante del puente lo cual hizo que cuando parecía que estaba a punto de estrellarme en el río, cuando podía ver muy de cerca el agua y sentir la humedad y el olor de los árboles, un fuerte tirón me impulsó hacía delante haciendo péndulo a toda velocidad por encima del río. Me dejé llevar sintiendo la euforia por todo mi cuerpo y sintiéndome más viva que nunca.