Llevaba tiempo que tenía ganas de viajar sin prisas, más allá de las 3 o 4 semanas que tenía normalmente de vacaciones en agosto. Quería recorrer un país con calma, sin tener que ir a golpe de pito. Pero día que pasaba, excusa que ponía: el miedo que tenía a salir de mi zona de confort me impedía dejarlo todo e irme. Un día, tras años pensándolo, tuve una conversación con mi profe de yoga que me dio el aliento que necesitaba para dar el salto. En enero de 2014 cogí mi mochila y me fui a Asia durante 6 meses.

Y la visión que tenía del mundo en el que vivimos dio un giro durante esos meses que me cambió la vida.

A la vuelta de Asia, me incorporé al trabajo y una vez más, no podía dejar de buscar excusas. Pero esta vez era ¡por todo lo contrario! Buscaba motivos para no seguir trabajando pues ya no me sentía parte de la marea humana que fluye siguiendo el camino marcado. Durante muchos años fui feliz en esta rueda pero después de muchos meses vagando sola y pensando sobre la vida y mi misma, decidí que no quiera seguir ese camino -aunque lo respeto muchísimo-.

A los dos meses de vuelta tras ese viaje a Asia, empecé a vender mis muebles, mis electrodomésticos, mis objetos, etc. No quería lastres en mi vida y quería buscar un piso más pequeño, quizás compartido, para tener menos gastos y para que también fuese más sencillo viajar e irme cada vez que quisiera. Pero el proceso no fue fácil:

Las personas acabamos sintiendo tal apego a los objetos que nos supone un gran esfuerzo desprendernos de ellos.

Dejarlo todo e irte

Para mí fue realmente difícil: sobre todo cuando me desprendí de aquellos muebles maravillosos que había encargado en un país muy lejano al mío, con una madera preciosa de teka -me había costado sudor y lágrimas ahorrar para comprarlos-. Pasé los 10 días de vacaciones de navidad sumida en una especie de depresión patética: sentada en el sofá de casa, sin ganas de vestirme, llorando a ratos, sin querer ver a nadie de mi círculo. Y mientras, iban pasando por casa las personas que estaban interesadas en comprar mis cosas que tenía a la venta.

Con cada uno de esos objetos sentía que se llevaban una parte de mi vida. ¿Qué absurdo, verdad? Desde hacía mucho tiempo una de las frases que me repetía era: “Las cosas realmente importantes no son cosas”. Y sin embargo, allí estaba yo, deprimida, sintiéndome cada vez un poco más vacía por dentro.

Como si el desalojo de mi piso fuese al mismo tiempo el desalojo de mi interior. 

Pero también me iba repitiendo: “Si soy capaz de vivir seis meses con lo que hay en un mochila que pesa 7kg., no necesito estas cosas”. Y así fue cómo me desprendí de los lastres en mi vida y, cómo, después de ese periodo de aceptación, me sentí:

  • Más libre
  • Menos pesada
  • Más YO que nunca.

Ese fue el primer paso para dar el siguiente aún mayor:

Dejar mi trabajo estable sin saber qué quería ser de mayor pero teniendo una cosa clarísima: vivir haciendo lo que más me gusta que es VIAJAR. Así que a finales de abril de 2015, tras 8 meses de mi reincorporación al trabajo, decidí romper con mi compromiso laboral.

De entrada quería pasar el verano en mi país disfrutando de esas cosas que jamás puedo hacer allí en verano puesto que desde hace mucho en vacaciones subo a un avión y me voy lejos. Disfruté de mis amigos, de las playas entre semana, de las cervecitas por la tarde sin tener que estar pendiente del reloj porque al día siguiente madrugaba. Pero sobre todo disfruté del Pirineo y la naturaleza en varias escapadas con mi furgoneta, durmiendo a la orilla de un río, en ocasiones acompañada y en otras muchas en solitario.

Desde que acabó el verano en Barcelona, estoy viajando: me fui a Argentina y visité varios días Chile, volví a “casa”, me fui a Gran Canaria a relajarme y a visitar a alguien que adoro y que es muy especial para mi, y después, el destino quiso que volviese a Ushuaia, Argentina, donde estoy actualmente.

Y tras todo este tiempo que llevo viajando, me he dado cuenta que aprendes a conocer constantemente al ser humano, su manera de vivir y de ver la vida, y te conviertes en una persona con una capacidad de adaptación grande.

En pocas semanas, planeo ir a Uruguay, si me da tiempo viajar también a Brasil, y en abril viajaré por Europa -cosa que no he hecho jamás por más de 3 o 4 días-, acompañada -cosa que hace mucho que no hago-, y con la idea de pasar algo más de 15 días en Grecia, país que me muero de ganas de conocer.

Mucha gente me pregunta: ¿Y tú de que vives? De momento vivo de lo que he ido ahorrando durante todo mis años de trabajo. Y gastando, eso sí, lo menos posible. Lo cierto es que me he vuelto bastante austera y necesito poco para vivir: hay muchísimas “necesidades” que la sociedad me impuso y que, por suerte, ahora ya no lo son.

Hace mucho leí una historia que me marcó, posteriormente fui buscando información y la encontré en diferentes culturas, datadas en diferente fechas. La más antigua se la atribuyen a Sócrates. Te dejo la parte que intento aplicarme aunque a veces aún sigue siendo difícil 😉

Paseaba Sócrates junto a uno de sus discípulos por un mercado de Atenas, contemplaba y disfrutaba del gran despliegue de joyas, telas, perfumes, cerámicas y otros objetos que se exponían en los diferentes puestos. Se detuvo un momento y comentó a su compañero. «Ciertamente, no sabía que existieran tantas cosas que no necesito para nada».

La primera vez que escuché esta historia, la citaba un viajero catalán en una Contra de La Vanguardia en una entrevista que le hacían: llevaba una vida muy mística en la india y esas palabras las pronunciaba un monje.

De esa forma intento yo mantener a ralla mis “necesidades impuestas” y disfrutar de las mil y una pequeñas cosas que me llenan realmente de felicidad.

Esta es mi historia, pero no soy la única. Hay personas que se aventuran a perseguir sus sueños como mi amigo Marc Font, que lo dejó todo cuando ocupaba un alto cargo en una multinacional y hoy es uno de los propietarios de una tienda de artesanía nepalí, trabajo que combina con sus viajes al Nepal.

Puedes leer toda la entrevista que le hicimos aquí: 

#Entrevista “Lo dejé todo cuando estaba en el mejor momento de mi carrera”

Así que sea lo que sea lo que te haga feliz, para mí no hay excusas: ¡ve a buscarlo!

Nada te hará sonreír más que disfrutar cada día con lo que haces.

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