De Buenos Aires a las Cataratas del Iguazú

Llegué a Buenos Aires hace 8 días y fui directa a casa de Sebas, un chico con el que había contactado desde la pagina de Couchsurfing y que me recibiría en su casa durante dos o tres días. La primera experiencia con está pagina de viajeros ha sido un 10 en todos los sentidos: que te reciban personas del país que visitas es genial.

He quedado maravillada con su compañero de piso, con sus amigos y, sobre todo, con él: me ha conquistado. Simpático, amable, educado y a la vez divertido, inquieto y lleno de vida: de esas personas que no te dejan indiferente. Me recibieron con los brazos abiertos, me facilitaron muchísima información sobre la ciudad, sobre la situación de Argentina y, por supuesto, me inyectaron dosis de cultura a todos los niveles.

Los que me conocéis ya sabéis que las ciudades no son lo mío pero disfruto observando el día a día de las personas que allí viven: sus movimientos, su manera de relacionarse, si sonríen, cómo visten. Alzo la vista para ver los altos edificios pero también bajo la mirada para observar a los que tienen poco o nada y que por desgracia son muchos en cualquier lugar del mundo -en las ciudades es siempre más evidente-.

Sebas se ofreció a llevarme a la terminal de autobuses. Recuerdo el trayecto y no puedo evitar reír :) Me llevó con su moto y si nos hubieseis visto por un agujerito, seguramente nos ubicaríais más en un país asiático que no en mitad de una ciudad desarrollada como Buenos Aires. Llevo dos mochilas y aunque minimizo al máximo mi equipaje, viajar mes y medio en un país en el que se puede pasar de 35 grados a 0 o quizás menos, requiere un mínimo volumen -considerable si lo subimos a una moto con dos personas-. Entre risas y algún momento cómico, tras 20 minutos, llegamos a la estación.

Ruta hacia las Cataratas del Iguazú

Me esperaban unas 17 horas de bus hasta Iguazú, al nordeste del país, población que hace frontera con Brasil y Paraguay. Decidí viajar hasta allí buscando el calor y deseando ver las espectaculares Cataratas del Iguazú sobre las que había leído. El trayecto fue largo pero mi facilidad para acurrucarme y dormir es de matrícula de honor y los colectivos -así llaman a los autobuses en este país- son como un hotel 5 estrellas con ruedas.

Cuando estábamos a unos 100 km del destino, el personal del bus me invitó a subir a la parte superior para disfrutar de las vistas: verde, verde y más verde, mezclado con tierra roja -según me explicó un señor, esto se debe al hierro que hay en la zona que al tocar con la tierra la oxida y le da ese color. En resumen, un placer para la vista.

Si buscaba calor, la encontré. ¡Y qué calor! Tras pasar 18h (sin parar ni una vez) montada en un bus, una se baja idiotizada elevada al cuadrado y ¡zasca!, ese bochorno pegajoso te invade hasta el cerebro y tu cuerpo parece ralentizarse. Aclararé que prefiero mil veces ese estado húmedo que la sensación de sentirme como una cebolla con capas y capas de ropa e ir encorvada protegiendo mis órganos vitales amenazados por el frío. Llegaba al Hostel sudando como si no hubiese un mañana y de pronto vi una piscina -quizás se parecía más una charca-.

Al día siguiente me dirigí a ver las Cataratas del Iguazú desde el lado argentino. En unos 25 min me planté en la entrada al Parque Nacional Iguazú, pagué la entrada y caminé hasta llegar a una pequeña estación de tren que hace ruta dentro del parque. Quería ser de los primeros visitantes de la mañana en estar en la garganta del diablo para evitar aglomeraciones. Bajé del trenecito y empecé a caminar por unas pasarelas metálicas que en un cuarto de hora me guiarían hasta la garganta. No entendía muy bien el porqué del nombre “Garganta del Diablo”, pero conforme me iba acercando, le empezaba a encontrar sentido: un ruido ensordecedor de miles o mejor, millones de litros de agua cayendo, despeñándose hacia abajo con brutal violencia. Y allí estaba yo, delante de ese gigantesco agujero que la naturaleza había creado. La visión era terrorífica a la vez que majestuosa. No podía dejar de caminar de un lado a otro, observando esa maravillosa garganta que no dejaba ver el final por la cantidad de agua que caía y elevaba hacía arriba. Mis ojos no se habituaban por más que miraba y mis oídos jamás olvidarán ese sonido estremecedor de la caída libre de billones de gotas de agua. Me estremecí y llegué a emocionarme de tal manera que no pude evitar que unas lágrimas cayeran por mis mejillas.

Pasé el resto de la mañana haciendo los senderos del parque: el que te lleva por la parte baja de las cascadas me gustó muchísimo más pues veías la inmensidad y belleza de las caídas de agua en todo su esplendor. También tuve contacto con los coatíes, unos animales que habitan en el parque y están por todas partes. Son una especie de ardilla gigante (que me disculpen los biólogos, soy un desastre en lo que se refiere al conocimiento animal) con unas largas garras, gulas a más no poder y ladrones profesionales. Había indicaciones por todas partes insistiendo que no se les diera de comer y se tuviera cuidado pues son agresivos si hay comida de por medio. Decidí no quedarme en las zonas de descanso pues estaba lleno de estos animales y no tenía intención de compartir mi desayuno con ellos. Sí, ahí voy, seguro que lo estáis imaginando. Con mil ojos, me preparé un bocadillo de palta (aguacate por estos lares) deje todo muy cerquita mío y, cuando estaba dándole el último bocado, alcé la vista y vi la cara de una chica mirándome desencajada. Tardé una décima de segundo en reaccionar pero ya fue tarde. El resto de mi comida fue robada en mis propios morros con una agilidad y destreza espectacular. Visto y no visto. Todo y que me acababa de comer un pequeño bocadillo, odié a esos bichejos pues, entre otras cosas, mi chocolate estaba dentro de la bolsa. Me sorprendió la pericia que tenían abriendo los aguacates y comiéndose las manzanas. La madre que… ¡Con mi comida no se juega!

Cataratas del Iguazú desde Brasil

En el Hostel conocí a Bruna, una italiana de 27 años que vive en Irlanda desde hace un par de años. La verdad que mi inglés sigue siendo macarrónico pero nos hemos entendido la mar de bien: hemos compartido dos días y ha sido una compañera de viaje divertida y dicharachera. Decidimos ir juntas a ver las Cataratas del Iguazú desde el lado de Brasil. La gente con la que había hablado insistían en que hay que verlas de ambas partes pues son escenarios diferentes y así lo hicimos.

Al cruzar la frontera, por supuesto, tuve mis respectivos problemas con el pasaporte porque la foto se parece más a la vecina de enfrente que a mi misma. Finalmente le tuve que enseñar al policía mi carnet de conducir, en la que parezco la vecina del tercero. Hizo mofa con mis cambios de peinado y creo que por aburrimiento me dejo salir de Argentina. Creo que la próxima vez que tenga que renovar el pasaporte no me voy a peinar en días para que la foto se ajuste más a la realidad de mis viajes.

En unos 40 minutos estábamos en Iguaçu, en el Parque nacional en Brasil. En este lado no hay trekking para hacer; un autobús interno te deja en unas pasarelas que te llevan a ver las vistas panorámicas de las cataratas. Entre foto y foto en el primer mirador, Bruna dejó un minuto en el suelo la mochila abierta y un coatí de guante blanco entró en acción y en un visto y no visto, desapareció con su comida. Nos reímos mucho porque ya lo habíamos hablado y le dije que tuviera cuidado. “Fucking stupid animal”, no dejaba de repetir.

Pero nada consiguió eclipsar ese día. El paseo panorámico de las cataratas del Iguazú fue espectacular, maravilloso. Cuando pensaba que ya no podía ser mejor la visión, al minuto era aún más increíble. Llegamos a una pasarela que te adentra cerca de la garganta. La gente compraba chubasqueros pues aunque el agua no te da directa, las miles de partículas que vuelan por la violencia del choque de agua, hacen que sea como una densa niebla en la que entras y al segundo estás empapada. Por supuesto, nosotras decidimos entrar a pelo. Me sentí  diminuta ante semejante espectáculo de la naturaleza; se me encogió el corazón. Abrí bien los ojos, sonreí muchísimo y me sentí más libre y viva que nunca pues por unos instantes fui parte de esa maravilla del mundo llamada Iguazú.

“Here has been a piece of my heard” (un pedacito de mi corazón se ha quedado aquí). Esta frase la compartió Bruna conmigo mientras aún sentíamos la humedad en nuestro rostro y nosotras, en silencio,  intentábamos asimilar lo que habíamos vivido. Me quedo con esta frase. Yo no lo habría expresado mejor.