21 de enero de 2014 – El viaje hasta Cebú ha sido toda una aventura. Primero tuve que esperar una hora y media larga en la terminal de autobuses. He de deciros que es muy divertido porque es muy parecido a una feria. Los señores van cantado -literalmente- los autobuses que llegan y el destino: lo hacen igual que los de la tómbola, os lo aseguro; te tienes que reír (me hubiese encantado grabarlo pero me pareció feo).

viaje_hasta_cebu

Más tarde el ferry; Oh my god! La mar era horrible, con unas olas enormes. Todo el mundo miraba para todos lados… Ese viajecito pintaba fatal. Era tal el oleaje que chocamos con el ferri de al lado antes de salir. Uf, las mujeres chillaban asustadas. Imaginaos cuando ‘aparcáis de oído’; en este caso, imposible: eran dos titanes de hierro y el ruido del besito fue estremecedor. Yo como mujer precavida me dediqué a estudiar la situación del bote de emergencia y la ubicación de los salvavidas. ¡Qué poquito me gusta estar en medio del mar! El trayecto duró hora y media, más o menos. Me acordaba de Raquel, ella que se marea si coges tres glorietas seguidas con el coche. -Niña, ni una caja entera de Biodramina te hubiese ayudado-.

Unas horitas más de bus y llegamos a las afueras de Cebú city en su día grande: la fiesta del Santo Niño. No se podía acceder a la ciudad en autobús, así qué cargué mi mochila y a caminar. Cada vez que preguntaba por la dirección de la escuela me respondían: “Ooohhh, its far away…”. Finalmente no fue para tanto: saqué la vena peregrina/montañera y aquí estoy.

La escuela es lo más parecido a una prisión: normas y prohibiciones por todas partes. No puedes llegar más tarde de las 9 de la noche. Si sales a dormir fuera, previamente tienes que avisar. Hay varios seguratas en la puerta que te controlan cada vez que entras y sales. Solo hay una zona para que fumen las mujeres y allí está prohibido que fumen los hombres. Estoy segura que hay muchas más normas pues todo está plagado de carteles, pero la verdad es que aún no los entiendo.

Mis compañeras de habitación son Joi, Lluna (yo lo escribo en catalán pues suena igual) y Tania: dos coreanas y una rusa. Ya os iré explicando cosas de ellas. De momento, aunque les saco unos cuantos años a las tres, la primera impresión es buena.

Hay una española en la escuela. Se llama Mayte y cuando me escuchó hablar castellano ¡casi me hace la ola! Lleva muchos meses por aquí estudiando. Como tantas personas en nuestro país, se quedó sin trabajo y después de unos meses, vendió su piso y su coche y aquí está, con el objetivo de aprender inglés. Es una tía majísima: tiene 43 años, una gran vitalidad y es muy dicharachera. Me ha explicado que en dos semanas se va para Nueva Zelanda; dice que aquí está estancada y que allí el nivel es mucho más alto. Yo, con llegar a su nivel de momento, me daría por satisfecha.

Tengo que irme. Desearme suerte que me va a hacer falta 😉