13 de enero de 2014 – Después de aproximadamente unas 24 horas de viaje he llegado a Cebú, una isla de Filipinas en la que voy a estar hasta finales de marzo.

El viaje me ha vuelto a recordar una duda existencial que tengo: ¿por qué las azafatas asiáticas son extremadamente encantadoras? Me encantan!! Tan monas, tan atentas y tan sonrientes. Cuando vuelas con una compañía europea están enfadadas con el mundo y pedirles un vaso de agua da hasta miedo (y con esto no pretendo ofender a nadie. No es una crítica; solo una observación). Para mí es uno de los misterios sin resolver, es otro poltergeist a la altura de ¿por qué los calcetines se pierden en el proceso de dejar en la ropa sucia, lavar, tender, recoger y doblar?

welcome_cebuMi primer contacto con la población ha sido con un taxista, ‘of course’. ¿Podéis imaginarme hablando de la situación actual española en inglés? Yo tampoco! Pues sí, increíble! Luego, llego al hotel y no era capaz de entender al chico de recepción con su inglés de Oxford… Pero volvamos al taxista porque como en cualquier parte del mundo son un pozo de sabiduría. En el trayecto hacia el hotel he averiguado que, al igual que en España, los políticos filipinos son corruptos y los ciudadanos no están contentos. También me ha explicado que están muy agradecidos por la cantidad de españoles que han venido a ayudar después de la tragedia con el tifón Yolanda -incluso he visto un cartel de agradecimiento-; que el cambio climático también afecta Filipinas: es tiempo de sol y sin embargo, sigue lloviendo -el motivo según dicen es que ‘God is angry’ (dios está enfadado)-. Me ha sorprendido gratamente la tranquilidad con la que conducen. Es la primera vez que en una ciudad de esta parte del mundo no sufro por mi integridad física en un trayecto por carretera.

Dicen que hay que hacer tres cosas antes de morir: plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Hacerme un favor: no os dejéis en el tintero visitar Asia. No sé qué tiene que enamora.