En este relato te cuento cómo fue mi primera experiencia haciendo autostop por Sudamérica: viajando desde El Calafate a El Chaltén en Argentina para posteriormente llegar a Puerto Natales, La Patagonia Chilena.

Viajar haciendo autostop

Una espinita que tenía clavada como mujer viajera era recorrer distancias haciendo autostop (dedo). Aunque ya lo había practicado en alguna ocasión en mi adolescencia y una vez para que me acercasen donde se inicia la ascensión al Teide en Tenerife, sentía que tenía esa experiencia pendiente como viajera.

He conocido a muchos viajeros (siempre hombres) que han practicado esta manera de viajar en diferentes países, pero yo siempre me acobardaba por el hecho de ser mujer -deduzco que debido a la educación sobre protectora sobre mi sexo que impone la sociedad en la que he crecido-. No me gustaría ser hombre bajo ningún concepto pero reconozco que, en ocasiones, sobre todo viajando, he sentido rabia y limitaciones por pertenecer a este género. La idea me rondaba por la cabeza hacía mucho y la verdad, solo pensar en dejar de hacer algo por ser del sexo femenino, me tocaba los ovarios (perdonar la expresión, pero es tal cual).

Ruta 40

La tarde en la que llegué al camping tras realizar el trekking Big Ice en el Glaciar Perito Moreno y dada la pequeña/gran fortuna que me había gastado, mis alarmas saltaron al pensar en mi economía y en lo que estaba gastando en mis andanzas por Argentina (los trayectos sean en bus o avión son muy caros para un bolsillo como el mío). Compartí mis inquietudes con Cristian (el chico del camping) de El Calafate y me dijo: “Vete a El Chaltén a dedo, no tendrás problemas; además por ser chica pararán rápido”. Vaya, ahora resulta que ser mujer es un punto positivo (pensé para mis adentros).

De El Calafate a El Chaltén

A la mañana siguiente me levanté temprano por si la cosa no iba bien, tener tiempo de pasar al plan B (volver a la ciudad y pillar un bus). Me cargué la mochila al hombro y pasé por la recepción a pedir un papel en blanco. Escribí lo más grande que permitía el folio “EL CHALTÉN” :) y salí por la por la puerta convencida de que me iban a llevar, contenta por la emoción de la nueva aventura y pensando: “Cada día estás más loca”. Por supuesto, mi equipo de apoyo (en lo que son para mi mis situaciones extremas) -mis hermanos Iván y Raquel- estaba al tanto de mis movimientos y objetivos. Y oye, con el tiempo me he dado cuenta que aunque no podrían hacer nada, de entrada, si tuviese un problema (en este caso estaban a más de 10000 km), a mi me da una tranquilidad asombrosa.

Viajar haciendo autostop por Argentina

Me dirigí caminando a la salida de la ciudad. Pasaron varios coches y yo allí, con mi pulgar hacia arriba. Se te queda una cara de tonta cuando el coche pasa de largo 😉 Poco más de 20 minutos llevaba cuando poniendo los ojitos del gato de Shreck, un coche se paró. ¡¡Sí!! ¡Era por mi! Allí no había nadie más, además de estepa y algún guanaco (animales autóctonos de la familia de la llama). De esta forma comenzó lo que sería un recorrido importante en kilómetros con Francisco y Nacho por la legendaria Ruta  Nacional 40, una de las más largas del mundo (5194 km) y que atraviesa el país de norte a sur (link con más info http://www.turismoruta40.com.ar/laruta40.html). Días después tras mi primera fantástica experiencia, me motivaría para seguir viajando haciendo autostop.

Ruta 40, Argentina

De El Chalten a Rio Turbio

La siguiente aventura se planteaba como un reto mayor. Conseguir llegar a Puerto Natales en Chile en un día, antes de que se me echara la noche encima y tuviese que soportar, quién sabe dónde, las bajas temperaturas nocturnas y quizás en medio de la nada y sin saco (bolsa de dormir para los argentinos).

Tenía algo más de 400 kilometros por delante y esa risilla nerviosa que me florece cuando me pongo eufórica/atacaitadelosnervios. Hacía 20 minutos que estaba sentada en la salida del El Chaltén cuando una pareja se paró para llevarme. Iban a la revisión del ginecólogo a El Calafate: ella estaba embarazadisima. A estas alturas, Sophia ya habrá nacido :) De nuevo me sentí reconfortada por la gente de esa maravillosa tierra. Me explicaron que habían vivido en Málaga y, al explicarles que practicaba escalada, me regalaron una cinta exprés nueva que habían encontrado (para los no conocedores del material de escalada, se trata de 2 mosquetones unidos por una cinta y que se utiliza para asegurarse, por un lado a un anclaje en la roca y por el otro, para pasar la cuerda); la guardaré siempre con mucho cariño.

Me dejaron en una bifurcación de carreteras: ellos tomaban la dirección a la ciudad y yo tenía que seguir por la ruta 40. En ese momento, conforme iba alejándose el coche, las palabras de ella retumbaron en mi cabeza: “Cómo te vamos a dejar aquí, no hay nada!”. Y así era, estaba en medio de la nada, a varias horas caminando del pueblo más cercano. Respiré, me comí un plátano, fumé un cigarrito (lo sé, voy a dejarlo) y me dije: “Aún quedan muchas horas hasta la noche, voy a tener suerte!”. Por si no conoces la zona, te pongo en situación para que entiendas mi lado más dramático: la extensión de Argentina es gigantesca (octavo país más grande del mundo) con lo que las carreteras son kilométricas. Hay cientos de kilómetros entre ciudades o pueblos en muchas zonas y el volumen de circulación está a años luz de parecerse a la Ronda del Litoral en Barcelona ¿Te vienen a la cabeza las bolas de paja de las pelis del oeste? Esas que aparecen cuando no hay ni el tato. ¡Exacto! Así me sentía yo allí en medio. En el centro de la gigantesca ‘NADA’.

Afortunada de mi, al poco rato paró Pablo, un esquilador que llevaba trabajando días por la zona y que al finalizar su trabajo volvía a casa con su familia en Rio Gallego. Compartimos otros tantos kilómetros y cuando llegamos a la intersección en la que se separaban nuestros caminos, paró. Me estaba indicando dónde tenía que ponerme para hacer autostop en el sentido correcto cuando, de pronto, se acercó una grúa. Pablo me gritó: “Pon el dedo!” Y yo, dando un brinco del vehículo, le hice caso instintivamente. La grúa se detuvo unos metros más adelante. Le di las gracias, un abrazo, saqué la mochila del 4×4, y salí pitando para subir a la cabina del camión. Cargada con la mochila te aseguro que es una auténtica proeza subir a una de esas tractoras -tengo claro que no las hicieron pensando en personas de metro y medio-. El camionero, un tipo calvo que parecía la versión blanca de MA (Míster T) en el equipo A, se hizo cargo de mi dificultad y tiró de mi mochila (casi  me hizo levitar a mi también enganchada como iba a ella).

Mi nuevo compañero de trayecto era bastante callado, así que le invité a un chicle, me relajé y disfruté del silencio y de los paisajes que para mi sorpresa empezaban a ser un poco más verdes. De tanto en tanto, aparecían a lo lejos montañas con picos nevados entre la estepa patagónica.

El camionero me dejó en un polígono a las afueras de Rio Turbio. ¡Ya estaba muy cerca de la frontera! Comí algo y me puse en la carretera: a los 5 min paró un chico colombiano. Me dijo que me podía dejar en la gasolinera del pueblo. Allí, al parecer, muchos chilenos van a repostar ya que, según dicen, con el cambio de divisa les sale más barata. Sentada en la parte trasera de la furgoneta de carga, y a ritmo de reggaeton, llegamos en 10 min al pueblo.

Me daba un poco de corte asaltar a la gente que ponía gasolina pero después de las horas que llevaba y lo cerca que estaba de mi destino, nada podía detenerme. Me tiré a la piscina y a la segunda mujer que pregunté, a pesar de quedar un poco extrañada por mi abordaje, me respondió que sí. ¡Bingo! Me dejó un rato esperando pues tenía que pagar un seguro obligatorio para el vehículo al cruzar la frontera y, al parecer, le cumplía ese día. Eso sí, fue tan amable que me dejó las llaves puestas en el coche para que tuviese aire acondicionado y música mientras la esperaba.

Puerto Natales, Patagonia Chilena

Tras realizar los trámites en la aduana y recogiendo a otra señora en el camino, cruzamos la frontera y llegamos tras más de 5h desde que inicié la marcha a Puerto Natales.

Éste fue mi primer intensivo viajando haciendo autostop, pero no sería el último. Días después, recorrería cientos de kilómetros en camiones mientras tomaba mate y hablaba por la emisora con los choferes Argentinos. Ésta, será otra história :p