He tenido que escuchar muchas veces que viajar sola y ser mujer tiene sus ventajas: “que te alojen en casa ajena o que alguien te pare si estás haciendo autostop, es más fácil para una mujer que para un hombre”, me dicen. Lo confirmo, es cierto. Pero también es verdad que, desafortunadamente, en algunos casos te ven como el sexo frágil y vulnerable.

Del mismo modo que escribí hace semanas sobre las vivencias que tuve recorriendo grandes distancias haciendo autostop y sobre la gente maravillosa que conocí en ruta (Viajar haciendo autostop por la Patagonia), también he vivido alguna situación tensa. Hoy voy a compartir esta experiencia, algunos consejos para mujeres que viajamos solas y, por último, os contaré por qué esta vivencia no afecta en nada mi manera de pensar y el sinfín de cosas positivas que me aporta viajar sola:

La pasada semana decidí que subiría en camión desde Ushuaia a Buenos Aires. Como hay bastantes empresas que realizan este trayecto, pregunté en una de ellas a un chófer que salía a la mañana siguiente. Me dijo que no había problema y que podía subir con él. Finalmente, resultó que iba con un amigo en el camión.

Hago aquí el primer inciso:

Si vas a viajar sola haciendo autostop, informa a alguien cercano

Envíale un mensaje a alguien cercano con una foto de la matrícula del auto o camión. Si no tienes wi-fi o no puedes avisar, evita decirlo pues en algún momento puedes simular y hacer creer que estás llamando y que informas de dónde y con quién estás.

Sigo… Ambos me dieron buenas vibraciones así que no me lo pensé: ir directa hacia mi destino sonaba genial y en tres días estaría allí. Pregunté cómo íbamos a dormir y dónde pararíamos. Me lo pusieron fácil: primera parada en Río Gallegos. Ellos tenían familia allí y dormirían en su casa. Al día siguiente llegaríamos a un pueblo cerca de Madryn. Ellos eran de allí y se quedarían en sus respectivas casas. En ambos casos, me dijeron que no me preocupase porque tendría la cama del camión para mi sola.

Al día siguiente, a las 6:30 a.m, arrancábamos desde Ushuaia. La mañana transcurrió bien: compartimos unos mates, hablamos un poco de nosotros, escuchamos música y nos reímos un rato. El recorrido es largo y tedioso pues esa ruta entre fronteras no está asfaltada: con un camión de tantísimos metros y cargados hasta los topes, la ruta parece interminable.

Las horas fueron pasando y cada vez me sentía un poco más incómoda con algunos comentarios y bromas de mal gusto que hacían. Considero que tengo tolerancia a bromas subidas un poco de tono o incluso a algunas machistas -siempre prefiero evitar el conflicto-, pero en esta ocasión la cosa estaba tomando un cariz que no me gustaba.

A las 8.30 p.m llegábamos a Río Gallegos, en la provincia de Santa Cruz. Ese era el lugar donde haríamos noche. Paramos en un polígono a la entrada de la ciudad: allí, la empresa para la que trabajaban tenía un quincho (los quinchos en Argentina son construcciones con parrilla para hacer asado, que se utilizan para reuniones sociales), y podríamos darnos una ducha. Antes de meterme en el baño me hicieron varias bromas por si necesitaba ayuda y cosas por el estilo. Cuando salí entró uno de ellos y por supuesto no faltaron las bromitas de “Necesito que me enjabones”, “Báñate conmigo”, y así otras tantas estupideces.

A esas alturas mis narices se estaban inflando como las de un toro de Lidia. No quería sacar mi mal genio ni nada por el estilo: sentía que debía guardar la calma y evitar que pudiesen sentirse atacados y ponerse agresivos. Mi mochila estaba en el camión y no podía irme sin ella. Lo que me daba serenidad era que debíamos esperar allí hasta las 12 a.m pues alguien de la empresa debía revisar algo del camión. Así que intenté relajarme y estudiar todas las alternativas: estaba bastante cerca de la ciudad, así que sería fácil encontrar lugar para quedarme aunque hubiese entrado la noche.

Dijeron de cenar algo en un bar de camioneros que había allí mismo. En el transcurso de la cena, hubo comentarios como “Sabes que en esta vida nada es gratis” o “Te va a costar caro”, y una conversación por lo bajo con otro camionero que tenía la mirada clavada en mi con una asquerosa sonrisa en los labios. Me pusieron los pelos de punta. Quería salir corriendo: mi mochila -pensaba-, no podía irme sin ella. Por el momento estaba a salvo pues en el lugar había bastante movimiento.

Salieron a fumar y salí con ellos. Necesitaba aire y no me sentía cómoda entre tanta mirada. Me explicaron que como había paro (huelga) y cortarían la ruta por la mañana, llenaríamos el tanque de gasoil y dormiríamos en la carretera. “No tenía de qué preocuparme porque la cama era muy grande y dormiríamos juntos”. No pude más y les dije que me quedaba allí: no me hacían ninguna gracia sus bromas. Sabía que no podían irse de allí, así que solo tenía que recuperar a mi compañera de aventuras: mi mochila.

Subimos al camión para avanzar los pocos metros que nos separaban de una estación de servicio. En esos minutos, guardé las cosas que tenía por allí. En cuanto nos detuvimos en el surtidor y el conductor bajó, agarré mi mochila y bajé. Una vez con los pies en tierra, el conductor me llamó. Me preguntó si me había molestado su amigo. ¡Me quedé perpleja! Hacia 30 minutos que él había pronunciado frases como “Te va a salir caro” y no se reconocía como el agresor verbal. Tenía un tembleque considerable así que ni contesté. Hay miradas que hablan solas. Me di la vuelta y me fui.

Estaba sola a las 10 de la noche en una estación de servicio, con un susto en el cuerpo que tardé horas en quitarme de encima. Me sentía furiosa, indefensa y os aseguro que, durante esas horas ante aquella situación, odié ser mujer. Pero como ya os adelantaba, todo acabó bien: expliqué al mozo de la gasolinera, un señor de unos 50 años lo que había vivido y donde podía encontrar un lugar para dormir.

El hombre, increíblemente amable, se sentía avergonzado con lo que le explicaba aún con los nervios a flor de piel. Me pidió mil disculpas, pobre hombre. Pidió a otro señor que había estado escuchando mi historia que me dejase en un hotel. Estaba solo a un par de kilómetros. Aunque sé que no leerán esto, quiero darles las gracias. En 10 minutos estaba en un feo hotel que era para mí el más seguro de los castillos.

Quiero aclarar que no es la primera ni la segunda vez que subo a un camión, a un coche o a una moto con alguien que no conozco y con el objetivo de viajar, y jamás viví una situación como ésta (así la viví yo). No voy a dejar de creer en la buena gente pues, por suerte, personajes con los que topé el otro día son muy pocos. Y es por ello que quiero compartir algunos consejos y/o recomendaciones para viajar sola: 

Fíate de tu instinto

Si la persona no te da buenas vibraciones, no te subas para que te lleven de un lugar a otro o te quedes en su casa. Estoy convencida que este sexto sentido te evitará más de un disgusto. Y si ves que, en algún momento, la situación empieza a generarte tensión:

Evita el conflicto

Si alguien se pone pesado contigo, no te enerves, respira y bájate de manera tranquila en cuanto tengas oportunidad.

Utiliza el sentido común

Nada es más importante que utilizar el sentido común cuando te mueves por el mundo para evitar problemas. En muchas ocasiones he dejado de salir por la noche a ciertos lugares digamos “peligrosos” con el objetivo de evitar un mal mayor.

“Donde fueres haz lo que vieres”

Viste acorde con las costumbres del país que visitas. Jamás se me ocurriría pasear por la India con los hombros al descubierto pues sería una provocación. Intento aplicarme, en éste y otros temas, el “donde fueres haz lo que vieres”. También procuro vestir de forma austera y evitar ropas de marca que puedan hacer pensar erróneamente que tengo una gran cuenta bancaria.

La higiene

Lleva tampones

En muchos países son difíciles de encontrar y, en algunos, ni existen en el mercado. En ocasiones también es una odisea encontrar compresas. En mi caso, desde hace tiempo utilizo la copa menstrual y lo cierto es que la recomiendo a todas las viajeras.

…y toallitas húmedas

Para mi conocidas como “chichi fresh”: siempre son de gran utilidad. Te puedes encontrar con la menstruación a 40 grados en mitad de la “nada” sin poder darte una ducha un día.

No te olvides:

  • Documentación: en mi caso, siempre hago fotocopia de mi pasaporte y lo llevo en la mochila. También lo tengo fotografiado y archivado en una carpeta de mi correo electrónico para tener acceso desde cualquier lugar del mundo. Por último, se lo envío a alguien de mi familia para que tenga los datos.
  • Dinero: nunca llevo 2 tarjetas de crédito en el mismo sitio por si pierdo alguna. Me dejo, además, algo de efectivo en otro lugar para asegurar.
  • Telefóno móvil: procura que tenga una clave de acceso para que no lo puedan utilizar en caso de robo o perdida. Hoy, también, existen app’s que localizan tu teléfono.

Estas son algunas de las medidas que yo tomo, en especial, para viajar sola. Hay que ser precavida, por supuesto, pero también hay que disfrutar. Viajo sola desde finales de 2012 y esta experiencia que os relataba es la primera que etiquetaría como “negativa” en 4 años. Así que después de explicarte las precauciones que yo tomo, voy a detallarte por qué esta vivencia no afecta en nada mi manera de pensar y el sinfín de cosas positivas que me aporta viajar sola:

Conoces a personas maravillosas

Lo increíble de viajar sola es que nunca estás sola: te sientas en cualquier lugar y de inmediato estás hablando con lugareños que te enriquecen con su sabiduría, incluso aunque no conozcas el idioma.

Tú decides dónde vas, cuándo y cómo

No tienes que pactar con nadie; marcas tu ritmo en todo momento sin tener que ser flexible. La gente, además, en general te protege por ir sola e intenta ayudarte al máximo todo el tiempo.

Aprendes:

  • Que las cosas realmente importantes no son cosas (y encima, son gratis).
  • Cómo los que menos tienen, son más felices y a su vez más generosos. Ahí radica la grandeza del ser humano.
  • Que la felicidad son momentos irrepetibles que te da la vida, ya sea viajando o en tu vida cotidiana. Aprende a detectarlos y a disfrutar cada segundo: no volverán a repetirse.
  • Que existe un lenguaje universal: he aprendido a comunicarme sin decir una palabra; la sonrisa es un lenguaje universal que tiene un efecto mágico en cualquier lugar del mundo.

Te conoces mejor

Desde que viajo sola he empezado a descubrir quién era yo: la de verdad, sin maquillaje, con mis fortalezas y mis de debilidades, con mis virtudes y mis defectos. Y eso te lleva a querer mejorar como persona. Me queda mucho camino por recorrer, pero ser consciente y trabajarlo es genial.

Agudizas tus sentidos

Todos y cada uno de ellos, y así disfrutas de los colores, olores y sabores que tiene el mundo.

Te adaptas a un millón de situaciones

Soy capaz de disfrutar de una ducha en un río y de reírme de mi misma porque me veo fastidiada haciéndolo con aguas turbias y con cazos de plástico mugrientos. Y del mismo modo disfruto de la maravillosa magia del agua corriente y del rico olor a jabón. Puedo vivir fuera de mi zona de confort y eso me llena de vida.

Podría seguir horas contando las innumerables pequeñas y grandes cosas que me aporta viajar sola, aunque si tuviese que definirlo en una frase sería esta: ¡viajar me hace más LIBRE! ¿Vas a dejar que te lo cuenten?



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